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Había una vez...

No importa como fue mi padre, sino quien recuerdo que fue.
Anne Sexton

Mi hermano y yo nacimos en 1969. Creo recordar a ambos empujando para salir al mismo tiempo;
por supuesto, fue Max quien con toda su fuerza conoció primero el mundo.

Mis padres inmigraron al país en 1928, mi madre, una bella helvética eligió
incomprensiblemente a un gordo como su esposo y mi padre.

Aquí mi madre y Max, el primogénito, el fuerte.

De mi padre recuerdo poco. Comía todo el tiempo. Afortunadamente se marchó pronto.

A mi cuidado estuvieron siempre mis nanos. Aquí, ellos llegando de Hungría.

A insistencia de mi nana hice mi Primera comunión.

Ellos (mis nanos) revivieron la tradición que reunía a la familia en la hora del Ángelus.

El nombre de la familia era conocido gracias a varios intelectuales que por
generaciones han sido de suma importancia para la comunidad.

Otro gran número de miembros de la familia han trabajado para la industria Petrolera local;
heredado sus plazas y perpetuado la presencia de la familia en dicha empresa.

Yo por mi parte, yo nací para ver pasar la vida.

Max, mi hermano, el nació para amar.

La afortunada, mi prima María. Aquí, con su vestido morado. Al fondo, tío Vania.

María era no sólo bella, era genial, era sensual.

En el amor infinito, correspondido, compartido, parecía no haber nubarrones.

Pero la nube negra, tío Vania, no dejaba una y otra vez de aparecer.

Una y otra vez tío Vania, la nube negra.

Tío Vania, la nube negra.

No por ser un hombre recientemente casado tío Vania dejaba de ser una nube negra y sucia.
Aquí el tío y su esposa, la burra, le decíamos.

Y yo sólo veía pasar la vida ¿recuerdan?.

Y hacía intentos por ser escritor, pero seamos honestos, nunca fui bueno.

El mundo seguía girando, la familia crecía...

Y la familia decrecía.

Max y María, el amor y la nube negra, el tío Vania.

Y la burra y sus burritos y tío Vania.

Y yo no era nada más un Pinocho...

Era el puerquito de todos. Un puerco salvaje.

Y la burra y sus burritos.

Y la nube mil veces, ya era insoportable.

Lo inevitable parecía preverse.

Hasta el día en que Vania apareció ahorcado en una vitrina por un chorizo,
como un pedazo de chicharrón.

Súbitamente Max y María desaparecieron.

La libertad que a María se ofrecía nada valía; pues María ya no estaba.

Yo dejé de salir de casa, mientras la nariz me seguía creciendo.

Mientras la familia se desintegraba.

Los intelectuales caían a pedazos.

Mi vida caía en un abismo de soledad y pena, sin Max, sin familia y sin María.

Inesperada y felizmente el final no tardó en llegar. Morí el 28 de agosto del 2010, asesinado con leche de burra.

De Max nunca se supo nada, nunca aparecieron registros de su sola presencia en este mundo.
Como si nunca hubiera existido.


Epílogo
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